El desafío que nos deja el desastre de la Chiquitania

El desafío que nos deja el desastre de la Chiquitania

Audio: “El desafío que nos deja el desastre de la Chiquitania” – Columna de opinión de Carlos Mesa

¿Por qué los jóvenes tienen hoy al medioambiente como parte principal de su agenda? Por la simple y sencilla razón de que han heredado un mundo acosado por la crisis climática que sufren todos los días. Eso se ha traducido en una inédita toma de consciencia.

Por eso comprenden mejor algo que para nosotros no existía, una visión distinta sobre la vida. Saben algo que nosotros ni sabíamos ni entendíamos, que no somos el centro de todas las cosas, sino una parte de ellas; que el mundo no existe por nosotros ni para nosotros, sino que somos una pieza de su complejo y delicado engranaje.

Saben también que somos causantes de buena parte del desequilibrio ambiental. Y aquí cabe una precisión a propósito del debate en torno a si realmente vivimos o no esa crisis. Los negacionistas afirman que atravesamos un ciclo “natural” que está más allá de la influencia humana. Las evidencias hoy son incontrastables, pero lo realmente dramático que supera tal discusión es que el restablecimiento de los equilibrios ambientales globales que estamos destruyendo requieren en condiciones de “naturaleza” tiempos a los que nuestra especie no puede sobrevivir. Los periodos geológicos restañaron las heridas de los grandes cambios climáticos del pasado en miles o centenares de miles de años. El efecto de los daños causados por el ser humano requiere soluciones medidas como mucho en decenas de años…

Por eso los jóvenes se vinculan con los animales y las plantas de otra manera, perciben su sufrimiento, los reconocen como próximos, como semejantes, igual que a la totalidad del planeta. Se familiarizan con ideas como la de los ríos aéreos, o la conexión intrínseca entre el bosque y las nieves eternas. Lo que antes se pensaba casi infinito o permanente, hoy se sabe perecedero. La conexión entre el Amazonas y los Andes, por ejemplo, puede quebrarse. Uno no existe sin los otros. El aire, el agua, el bosque y la montaña… el mar, los aparentemente inacabables océanos, fuente primaria de la vida, están amenazados. No son palabras, lo contemplamos todos los días en “tiempo real”.

El otro debate, tan falso como el primero, nace de la afirmación de que el problema lo generaron los países ricos y que ellos deben resolverlo, argumento cuyos fundamentos son sólidos si miramos los datos de contaminación ambiental de los últimos doscientos años. Pero no nos engañemos, el problema es de todos. En nuestra pequeña dimensión demográfica (algo menos de 12 millones de personas en un mundo de 7.750 millones), somos una máquina depredadora.

Baste decir que Bolivia es el quinto país con mayor deforestación de bosques primarios en el mundo, cuyo emblema es el bosque seco chiquitano y el millón y medio de hectáreas destruidas por la irresponsabilidad de un gobierno depredador que causó la pérdida del 15% de su superficie total.

Los jóvenes, en consecuencia, demandan de sus gobernantes acciones concretas en defensa del medioambiente. Debemos dar respuestas. Seamos claros, en nuestro caso la primera respuesta (no lo única, por supuesto) está en los bosques. No es difícil de entender. Estamos entre los diez países con mayor superficie de bosques tropicales del mundo, el 42% del total de nuestro territorio está cubierto de bosques. No olvidemos que la deforestación global representa el 20% de las emisiones de CO2 (dióxido de carbono), uno de los principales contaminantes atmosféricos.

Debemos combinar dos objetivos: preservar los bosques a la par que garantizar su uso racional y sustentable con beneficios para el país, y sus habitantes. Esto implica el pensamiento en un nuevo desarrollo sustentable que tome en cuenta a las comunidades que habitan zonas boscosas, la recuperación de sus prácticas y usos tradicionales, la combinación virtuosa de asociación Estado-comunidad, privados-comunidad, o los tres sumados.

Cuando decimos sustentable nos comprometemos a hacer un aprovechamiento de la tierra de acuerdo a su vocación. Eso implica desterrar la idea de que bosque en pie es igual a nulos ingresos económicos, entender la potencialidad de los bosques certificados, entender la importancia de la huella de carbono, usar la biodiversidad para la innovación, compartir una visión responsable con el empresariado grande, mediano y pequeño agroindustrial y pecuario, basada en la potencialidad de invertir en ese espacio de un modo distinto al convencional, y sobre un nuevo paradigma del desarrollo.

Para ello es imperativo formular políticas claras de incentivo a la productividad vertical de la agroindustria y a la relación de carga cabeza de ganado/hectárea, promover una planificación sensata -en el contexto descrito- de la ampliación posible, y necesaria de la frontera agrícola, entender que la responsabilidad de la depredación es de todos, no sólo del Gobierno o de los grandes empresarios, sino también de los habitantes de esos espacios y de los migrantes en su conjunto.

En ese escenario, debemos desarrollar un plan de forestación, reforestación y regeneración forestal, construir un sistema único de información ambiental, institucionalizar la protección ecológica adecuadamente articulada, promover pactos sectoriales por la vida, integrar la gestión ambiental con políticas sectoriales, y, por supuesto, convertir en un eje real de nuestra educación el dedicado a una nueva consciencia ambiental.

Finalmente, aprovechar positivamente el hecho de que el 50% de nuestro territorio son áreas protegidas y territorios indígenas.

Se lo debemos a los jóvenes muy especialmente, aunque está claro que se lo debemos a todos y también a los que vienen…    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *